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+ Luis G. Cabrera, ofm
Arzobispo de Cuenca
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El Papa Juan Pablo II, al inicio del nuevo milenio, nos invitaba a “recordar con gratitud el pasado, vivir con pasión el presente y abrirnos con confianza al futuro”. Y es que la gratitud, la pasión y la esperanza nos ayudan a construir la parte de historia que el Señor nos ha encomendado.
Cuando dirigimos la mirada hacia nuestro pasado, descubrimos un patrimonio o una riqueza cultural extraordinaria. En el ámbito personal, nos encontramos con muchas experiencias o vivencias de todo tipo: unas, alegres; otras, tristes; algunas, llenas de satisfacción; y unas cuantas, no tan agradables. Y todas ellas son parte importante e integral de nuestra historia, que no podemos ni debemos desconocer.
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En el campo social, igualmente, constatamos los innumerables aportes que nos han dejado tantas generaciones, civilizaciones y pueblos. Cuántas personas se dedicaron y se destacaron en la filosofía, teología, ciencia, arte, política, economía, deporte, tecnología. Gracias a ellas hoy podemos disfrutar de tanto avance científico y tecnológico. Resulta muy difícil describir cada obra que la inteligencia, el ingenio y la voluntad de los seres humanos han construido.
En el plano religioso, del mismo modo, es impresionante el legado de santidad y sabiduría que tantos hombres y mujeres nos han entregado. En la Iglesia Católica, se les conoce como “Santas y Santos”, personas maravillosas que se dejaron fascinar y hasta encantar por la gracia, el amor, la ternura y la bondad de Dios y tuvieron la audacia de responder con libertad y generosidad a esa propuesta. Es así cómo se transformaron en los más claros testimonios de que sí es posible vivir el Evangelio en sus más diversas modalidades.
Pero ¿cómo recordar el pasado? Juan Pablo II nos invita a hacerlo con un corazón agradecido. Y es que sólo la gratitud nos permite valorar los éxitos para mejorarlos y también los fracasos para superarlos.
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El amor de los padres lo recuerdan con gratitud sus hijos.
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Si recordamos con gratitud el pasado, nos liberamos del triunfalismo y la vanagloria y también de la nostalgia de lo bueno y grande que hicimos o hicieron.
La gratitud, igualmente, nos permite despojarnos de los sentimientos negativos ante los fracasos propios o ajenos, como la vergüenza y su complejo de culpabilidad; la tristeza, traducida en lamento y decepción; o la rabia, manifestada en resentimientos, rencores, envidias y hasta odios.
Recordemos el pasado con gratitud y podremos vivir con pasión el presente y mirar el futuro con esperanza.
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