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+ Luis G. Cabrera, ofm
Arzobispo de Cuenca
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Las personas, los acontecimientos y las cosas tienen su propia existencia y, como tales, ocupan un espacio y un tiempo en la sociedad y en el mundo físico.
En estas condiciones, pueden seguir su curso aunque sean ignoradas por tantas personas que cruzan diariamente por su lado. Este fenómeno se da, de una manera especial, en las grandes ciudades, en donde la masificación y el anonimato se han convertido en lo más normal de la vida.
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Pero estas realidades comienzan a tener una nueva existencia cuando alguien las valora, las acoge y las recuerda. Es de este modo cómo ocupan un sorprendente espacio en la mente y en el corazón de quien las ama.
Pero como no siempre podemos estar junto a las personas y cosas que amamos, entonces la memoria o el recuerdo de ellas ocupa un lugar importante. Cuanto más las recordemos, su presencia será más viva en todo lo que pensemos o hagamos. Es así como el amor se alimenta del recuerdo diario.
En cambio, el día en que dejemos de comunicarnos y de recordar a las personas o cosas que amamos, sus existencias irán perdiendo fuerza, color y calor; incluso llegarán a morir para nosotros, aunque en algún lugar del mundo sigan existiendo. El olvido, de este modo, es el signo más claro de que el amor o se está extinguiendo o ya ha muerto.
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El encuentro con un amigo reaviva su verdadera amistad
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Esto que sucede con las personas, los acontecimientos y las cosas, pasa también con Dios. Si bien, a través de la razón y de la revelación, sabemos que Él existe por sí mismo y en sí mismo, es decir, independientemente de que le pensemos o no, o de que le aceptemos o no. Sin embargo, Él estará vivo en nosotros en la medida en que le reconozcamos y permitamos que comparta nuestra existencia. Su amor gratuito y eterno se actualiza en nuestras vidas sólo si lo aceptamos libremente, ya que Dios jamás impone ni obliga nada a nadie. Su presencia será más fuerte y luminosa en nuestras vidas, por lo mismo, si le recordamos, le pensamos y obramos según sus criterios.
De estas consideraciones, se concluye que el recuerdo de Dios, de las personas y las cosas es la más elocuente forma de amar. Todas las demás expresiones no hacen sino alimentar y acrecentar la memoria de lo que se ama. Es el recuerdo el que mantiene vivos, en lo más profundo del corazón, la ilusión primera de volver a verse, el deseo del encuentro festivo y la llama inextinguible del amor. El recuerdo de lo que amamos nos llena de gratitud, serenidad, alegría y esperanza. Recordar es amar.
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