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Monseñor Luis Cabrera Herrera, ofm
Arzobispo de Cuenca
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El presente comentario es una síntesis del mensaje del Papa Benedicto XVI para la cuaresma 2010.
La palabra justicia tiene varios significados. El más común es el de “dar a cada uno lo suyo”. Es lo que también denominamos justicia distributiva. Pero, inmediatamente, surge una pregunta: ¿qué es lo suyo?
En la vida cotidiana, descubrimos que para vivir en justicia no es suficiente dar bienes materiales, como el alimento, el agua y la medicina. San Agustín nos recuerda que el ser humano para vivir plenamente necesita también de Dios y de su amor gratuito.
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Por otro lado, nos preguntamos sobre el origen de las injusticias. Jesús, cuando habla de los alimentos si son puros o impuros, nos dice que las buenas o malas intenciones no provienen de fuera, sino del corazón del ser humano. Las injusticias, por lo mismo, tienen su fuente en el interior de cada persona y no, como se piensa a menudo, en una causa exterior. Si la injusticia se originara fuera de nosotros, bastaría eliminar las causas externas y todo cambiaría. Pero, en la vida cotidiana, comprobamos que no es así. Pues, con frecuencia, sentimos una extraña fuerza que nos lleva a encerrarnos en nuestro egoísmo. Con lo cual, sustituimos la lógica del amor por la de la sospecha y la competencia; y la lógica del recibir el don del otro por la de la ansia de querer poseer todo. ¿Cómo librarnos de este impulso egoísta y abrirnos al amor?
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El Papa Benedicto XVI, Jefe de la Iglesia Católica
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En la visión bíblica, existe una relación muy estrecha entre la fe en el Dios “que levanta del polvo al desvalido” y la justicia para con el prójimo. La palabra hebrea “sedaqad” indica tanto la aceptación de la voluntad de Dios como la equidad con el prójimo, en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda. Esta unidad tiene sentido porque, para el israelita, dar al pobre significa dar al Dios que se ha apiadado del dolor y la miseria de su pueblo.
Pero ¿es posible la justicia? Pablo nos dice que sí. Pues si por nuestro pecado hemos sido privados de la gloria de Dios, por su gracia hemos sido justificados. No es, entonces, la persona la que se repara y cura a sí misma y a los demás.
Creer en el evangelio, de esta manera, significa salir de la ilusión de la autosuficiencia y abrirnos al perdón y a la amistad de Dios, que se manifiesta especialmente en los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía.
Como cristianos, por lo tanto, estamos llamado a trabajar por una sociedad más justa, donde todos reciban lo necesario para vivir con dignidad y donde también la justicia se vea vivificada por el amor gratuito y eterno de Dios. |
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